viernes, 7 de agosto de 2009

El auditorio


El acento circular de su respirar confundió a la audiencia perpleja. Se le pidió, de una forma que adelante se entenderá, explicación clara sobre la vaguedad de su insinuación. El tenebroso orador, hizo atronar un pensamiento que balbuceó sobre los ajusticiados oyentes. Su lengua salió antes que las palabras y compitiendo una por sequedad y otras por humedad, los argumentos se quebraron antes de alcanzar al primer espectador.
Un hombre entra al teatro con una niña de vestido rojo pero tejido, colgando en su brazo no desnudo. La chica de labios gruesos, redondeado rostro molesto y cabeza calva se ríe. El hombre que la carga ha perdido sus estribos cuando lentamente la deja sentada y chillando desesperanzada sobre las piernas débiles de uno de los hombres que sentado ha sido burlado mientras sus piernas ceden y la pequeña se desliza sobre ellas para quedar con la boca hacia abajo mordiendo el entapedado sucio que la calla. El mismo orate sin estribos continúa una marcha lenta y sin cuidado sobre la alfombra que lo lleva al podio del orador. Aún no hay una mirada interpuesta sobre su separación. Y la contienda a darse apenas se puede insinuar. Quienes presencian el bochornoso espectáculo, aun no dan con las palabras que quisieran escuchar. Son un conjunto de mente desatinadas, esperando saber que es lo que quieren pensar. El orador murmura sin sentido y el contendiente que avanza es mudo. Su caminar es lento, pero la paradoja de su sentir, incomprensible para el observador.
El clima se ha dispuesto a aflorar un pensamiento que los deje volver a todos a la regularidad vacía que ha sido desacomodada del lugar al que pertenece en cada una de sus cabezas. El viento que ha podido entrar con la niña de vestido rojo y su acudiente supone una aclaración.
Si la ventajosa, pero no tan apresurada sucesión de hechos dejaran desembocar la corriente de ideas que en esta escena graciosa se quieren pronunciar, habría tal vez un cuento que todos lograran protagonizar.

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